El suavizante parece imprescindible en cualquier colada. Huele bien y deja la ropa suavísima. Pero cuando se sabe cómo funciona, quizá se vea con otros ojos.

La mayoría de los suavizantes actúan recubriendo la superficie de la fibra con una capa muy fina y grasa. Las fibras se deslizan unas sobre otras sin rozamiento, y de ahí viene la sensación de suavidad. El problema es que esa misma capa también repele el agua. En toallas, bayetas de microfibra y ropa deportiva, impide que el producto haga su verdadero trabajo. Se acumula un poco más con cada lavado. Al cabo de un tiempo aparecen toallas que no absorben, camisetas que retienen el sudor y olores extraños que no se van.

En la ropa de cama, un uso limitado y ocasional quizá no cause demasiados problemas. Pero le recomendamos mantener las toallas totalmente alejadas del suavizante. Es más sano conseguir la suavidad con un lavado correcto, sacudiéndolas bien y evitando la cal. Y luego está el olor: la ropa limpia, en realidad, no debería oler a nada. Un perfume intenso a veces tapa un olor en lugar de eliminarlo.