Al despertarse en un buen hotel, quizá se haya preguntado por qué esas sábanas no se parecen a las de casa. La respuesta no es magia, sino ingeniería.

La lencería de hotel lleva una vida muy distinta de la del hogar. Se lava cientos de veces en lavanderías industriales, a altas temperaturas y con productos potentes. Por eso suele preferirse el percal y a menudo se usa una mezcla de algodón y poliéster; el poliéster la hace más resistente a esos lavados intensos. Que sea blanca tampoco es casualidad. El blanco transmite limpieza y se puede blanquear a alta temperatura.

Esa sensación fresca y crujiente viene del tejido de percal y de las planchadoras de rodillo profesionales. Si quiere recrear esa sensación en casa, una funda nórdica blanca de percal, de buen algodón y entre 250 y 400 hilos, es un buen comienzo. Plancharla algo húmeda, o secarla bien tendida, da en gran medida esa superficie lisa. Y una cosa más: en el hotel la cama se hace todos los días. Quizá el verdadero secreto esté tanto en ese cuidado diario como en la calidad de la sábana.